He aquí un capítulo recopilatorio y sospechoso de suspender la trama. O no.
¿Qué pasó en la última entrega? Que Héctor López estaba detenido frente al edificio recordando lo ocurrido la noche anterior. ¿Y qué había ocurrido la noche anterior? Qué mientras se entregaba lúbricamente a informar a Control, Héctor tuvo una visión perturbadora que le incluía a él, a Control y a su secretaria, Irene. ¿Y cuál fue esa visión? Ya está explicado. Lo que importa es que aquella visión le trastornó de tal manera que cambió el rumbo de la investigación. ¿De qué forma le trastornó? Aquella visión llegó a ser más real que lo real, más vívida que lo vivido. Se convirtió en una obsesión que le acompañó el resto de la noche, asaltándole a cada momento, volviendo con lacerante sensualidad a su memoria a cada instante. ¿Y, obsesionado de esa manera, qué hizo? Vagó. Al salir del edificio vagó por la ciudad dejándose llevar por el azar. O eso creía él. Los que conocemos el final de esta historia sabemos que el azar no tuvo nada que ver con sus descubrimientos. ¿Y qué descubrió? Una fecha, una hora y un lugar de una nueva entrega de Puerco escuchando casualmente una conversación oculto en las sombras del fondo de un bar, ante el vaso mediado y la desesperación de las imágenes asaltándole. El día es hoy, la hora más tarde, el lugar es intrascendente para nuestra historia. ¿Y qué espera para informar a Control? No acaba de decidirse. Contempla el edificio desde la acera de enfrente. Tiene aspecto de haber dormido mal, lacerado por las excitantes imágenes que no han desaparecido de su mente. Pero eso no es lo que lo detiene. ¿Qué es, entonces? Que la visión parece haberle dotado de una clarividencia que le sobrepasa. No quiere entrar en el edificio de la Corporación porque sabe exactamente lo que va a ocurrir en su interior. ¿Qué va a ocurrir? Que pasará ante la mirada fría e indiferente de Irene, que sentirá los ojos de la secretaria clavados en su nuca, que se girará buscando esa mirada inexistente, que Control captará su gesto y lo atraerá hacia sí, murmurándole sensualmente, desnudándole, desnudándose, acariciándole, y, finalmente, dándose cuenta de que el hombre fija su vista en la pantalla del ordenador apagada. ¿Y cómo reaccionará Control? Sonreirá maliciosamente y hará entrar a la secretaria. Le susurrará unas palabras al oído. La secretaria desaparecerá por un panel que el hombre no había distinguido y aparecerá poco después, vestida tan solo con unos zapatos de tacón alto y un collar de cuero ajustado al cuello del que pende una larga cadena plateada que entregará a Control. Control tirará suavemente pero con firmeza de la cadena atrayendo a Irene hacia su cuerpo, quien empezará a besarla el cuello, los hombros, los pechos, el vientre, el sexo, mientras el hombre contempla la escena sentado en el sofá, molesto por aquella muestra de sumisión, pero tremendamente excitado. La larga cadena va desde la mano de Control hasta el cuello de Irene pasando por la espalda, entre las nalgas, rozando el sexo de la secretaria a cada pequeño tirón de Control. La obliga a acercarse al hombre, a que lama su pene inhiesto, y después... ¿Qué? La imagen que le asaltó ayer se hará realidad. Pero no es eso lo importante. Lo importante es el cambio en su actitud. Él siempre ha estado dispuesto a atrapar el placer allí donde fuese, sin detenerse en consideraciones morales. Pero esa clarividencia le hace ver más allá del placer carnal y siente, sentirá cuando entre en el edificio, sentirá mientras penetre a Control con la lengua de Irene recorriéndoles a ambos, sentirá que debe irse, que no debe estar allí. ¿Pero ocurre o no ocurre? No. No es necesario. Héctor siente toda la escena con una intensidad tan fuerte que afecta a todos sus sentidos. Lo siente como si ya hubiese ocurrido, como si estuviese ocurriendo ahora, como si estuviese ocurriendo continuamente. ¿Y qué hace? Héctor da media vuelta y se aleja del edificio. Esta noche no informará a Control. Acudirá a la cita solo, dispuesto a atrapar a Puerco y acabar con este caso de una vez. Tiene tiempo. Mira el reloj. No tiene tiempo. Debe apresurarse para llegar en el momento de la entrega. No comprende cómo. Parece que hubiese estado detenido frente a la Corporación durante dos horas. Empieza a correr sintiendo una molesta humedad en su entrepierna.
¿Estará contenta, no? mi señora me acaba de pillar jadeando como un oso, y me ha dicho que el pringue de babas, que adornan mi teclado y mi monitor, lo va a limpiar una tal Donna.
¡Hay que joderse, en que líos me meten sus relatos!
Si es que no se puede. Lees esto a las doce del mediodía, justo después del ángelus y te condenas sin remedio, para siempre, sometido al infierno de no poder dejar de leer este blog complaciente con mis mas bajos instintos. Que "La larga cadena va desde la mano de Control hasta el cuello de Irene pasando por la espalda, entre las nalgas, rozando el sexo de la secretaria a cada pequeño tirón de Control. La obliga a acercarse al hombre, a que lama su pene inhiesto, y después..." me ha dejado en un estado tal de excitación que he tenido que llamarle - ya sabes, 125€- pero temía que la excitación se me subiera a la cabeza y quedarme ciego, o calvo, o yo qué sé. Y es que, rosa del jardín ajeno, eres malvada y tentadora. Ya, silba, mira para otro lado.
Venga, venga. Quejas ni una, Tulesenfantsdelapatrí. Ahora mismo me pongo el vestidito negro chiquitín con la cofia y las medias de costura y te hago una limpieza... completa.